Un día de Agosto en Compostela.-
Terminadas las consabidas negociaciones, compra de voluntades e influencias, venta de certificados de virginidad y demás despachos inherentes diariamente a mi puesto en la Corte de Fejoo & Colegiados. Puesto que sabido es por todos (urbi et orbi) que recientemente me han nombrado tercer secretario del segundo negociado y como tal le he de rendir cuentas al presidente, que sigue manteniendo la campechanía dun rapaz espabilao Dos Peares. Otros prefieren hablar de llamada a capitulo, una vez al mes y es que ya se sabe: en las cosas humanas nunca habrá unanimidad. ¡Bien que lo saben los políticos!.
El tema es que me ví un día de Agosto a la una de la tarde eximido de quehaceres, mandando en los cielos la plenitud del astro rey que competía en pompa y boato con el milagreiro Santiago -el de Mateo no el de Gambino- que por algún extraño feitizo había convertido toda Compostela en un serrallo poblado por macizas de todas las edades. Es una cosa característica de Compostela, no sé si también se da en otros santos lugares. Se me dilataron los belfos al tiempo que brotaba en mí la fuente de la espiritualidad. Ulor di fémmina que diría el otro. Me dispuse a la liza.
Pero poco duró mi guerrero afán. Me causó sorpresa -casi mirabilia- ver toda Compostela ateigada de reas y reas de gente. Como suele pasar en estos casos muchos no sabían a dónde se encaminaban. Esperaban a velas vir, estoicamente . Los de delante, por eso eran los primeros, lo tenían claro: se dirigían a la basílica del señor Santiago. A mí ver tanta gente en la calle se me antojó como un intento de la Curia Catedralicia o coenga por demostrar su poder de convocatoria en estos tiempos de zozobra moral. Insinuandole de paso al propio Feijoo la sutil propuesta de nombrar co-presidente a monseñor Barrio. ¿No es acaso Belén Esteban co-presentadotra?. La curia esgrime esta razón acompañada de tochos y tochos de Derecho Canónico advirtiendo que puede darse un claro caso de discriminación.


Visto el tomate, volví bajo el caparazón de persona cohibida, tímida, meliflua que a veces soy. Ni ligue ni ostias. Aunque aquellas turistas encarnaran el más carnal de los pecados, yo saldría indemne de la tentación. Como Xto en las platerías del Maestro Esteban. La mística por momentos se adueñaba de mí, como se puede comprobar. Respiraba piedad.
Me poseyó un furor místico-intelectual y se me acordó acogerme en el edificio de la Facultad de Geografía e Historia. Paseando por su claustro, uitilizado en tiempos estudiantiles como pasillo.

Bueno como pasillo en días normales. En el año 85 reivindicando algo, realizáramos un peche durante 15 días. Dormíamos en el Aula Magna, comíamos en el Aula Magna, fumábamos en el Aula Magna cuya puerta se puede intuir a la derecha. Por todo lo expuesto más arriba se puede deducir que el tufo que desprendía el Aula Magna era propio más bien de una explotación ganadera con sus cubículos (para que no falte un toke klásico) y todo. ¿Quién me iba a decir que inconscientemente profanábamos el Aula donde años después mis sentidos se deleitarían atendiendo la retórica del prof Díaz y Díaz. Don Manuel Cecilio, un sabio.
Tampoco me podía imaginar que sentado en ese pasillo a la una de la madrugada mientras descansábamos en medio de un partido de fútbol que yo percibiera por primera vez a las elegantes formas de la cantería que había trazado Miguel Ferro Caaveiro. Y en esto se adivinaba lo que yo llegaría a ser.