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Terra
La Coctelera

soydelugoynoloniego

Sede benvidos.-

1 Agosto 2010

Lucas.-

Antes de proseguir la lectura de lo que sigue tengo que hacerle al lector una confidencia. Quien esto escribe siempre fue rarito. Aún no había cumplido los 10 años cuando su padre había matado una rata enorme que había salido del cagadero que teníamos en el almacén. Salían ratas porque comunicaba directamente con el alcantarillado. Pues quien esto escribe la cogió por el rabo y fue a enterrarla en el Hospi(tal), en cuyos jardines jugábamos toda la chavalada del barrio. Lo más grave era que diaria y piadosamente iba allí. Este fue mi primer contacto con la transcendencia. Yo era Paquito, el hijo del chatarrero. Aunque mi padre tenía tan digna manera de ganarse la vida, yo siempre fui un poco místico. Pensaba el niño que de la mística se podía vivir sin mancharse las manos tanto como con la chatarra. Sin embargo, al final tuve que ser chatarrero, de lo que se colige que es -o puede ser- algo vocacional. ¿Quién lo diría?. 

Casi 40 años después.- 

 

Acabado de comer, me disponía  a recoger la mesa. En la comida soy frugal, franciscano (la mística me llevó a  hacer Historia del Arte, lo cual me familiarizó con coloridas palabras). Comiera unas alubias con arroz. Y un poco de queso al postre. En plan austero republicano romano. Fue precisamente cuando me disponía a recojer unas cortezas del queso medio curado, que siempre se las llevaba al perrito, cuando fui consciente que ya no se las recogería para él más. Cosa que hacía cariñosamente. Había quedado con el veterinario para asesinarlo, bueno más bien diríamos practicarle una eutanasia controlable. 11 años en la vida de un mastín es mucho, y se había puesto muy malito ultimamente.  Me dolió ver que no era capaz de inclinar el cuello para beber, me dolía ver  como para putearlo le regaba muy cerca instándolo a levantarse, pero él no podía y lloraba. Supongo que de estar yo en la situación, aceptaría de buen grado la solución. Esto no  es un desvarío: nunca podemos olvidarnos que somos animales que no podemos escapar a nuestra condición morttal. Todos nos vamos a tener que enfrentar.

Sabía que por lo menos tenía 11 años, porque hace eso que cambié el coche. Y lo recuerdo perfectamente en el maletero del Mercedes 240-123, el coche que tenía antes, donde conseguí meterlo una vez para ir al veterinario. Ya tenía una alzada respetable, cercana al metro. Yo iba conduciendo mientras sentía unos ruídos en el maletero. ¿qué irá éste fuchicando?. Cuando llegamos al veterinario ví que había empujado la tulipa de las luces y él había aprovechado para quitar su cabezota. Carallo!!, o medo é libre. Podía asfixiarse!. A mí me resultó simpático.

Tiempo atrás, siendo cachorro, no dudó en zamparse un hueso que era más grande que él, seguro de sí mismo. Un rufián. El caso es que el hueso estuvo a punto de ahogarlo. Consiguió tragarlo, pero al llegar al intestino le produjo un mal que sólo pudo superar estando conectado al suero dos días.

Sería por esas que compartía espacio y comida con otro congénere, más espabilao, que siempre se apresuraba a coger los bocaos más apetitosos. Pero un día sintiéndose farruco abrió sus impresionantes  mandíbulas y le metió su cabeza en su boca. Nunca más el otro lo incordió a la hora de comer. 

Mi madre ahora no puede desplazarse autónomamente. Pero hasta hace poco no era así. Hasta hace poco hizo lo único que le aprendió la vida: a currar. En la finca le teníamos atornillada a la pared una barra para que se asiera. Ella disfrutaba mucho dando aquellos paseos y con el ambiente de trabajo. Cuando se cansaba se sentaba. Feliz y radiante pese a la adversidad estaba de aquellas. Al perro también se le contagiaba esa felicidad. Así un día venía corriendo exultante y para exhibir su potencia  saltó por encima de mi madre, que se sobresaltó. Era un adolescente. 

Tenía un pelo precioso y una cabeza hermosa. Hasta el final se mantuvo aseado, dándo sensación de limpio. Yo, sin saber porqué, cuando lo veía pensaba en los Hunos, en las estepas mongolas y asiáticas. Ciertamente un perro que cuando helaba o nevaba agitaba su grueso y largo rabo enérgicamente, o estaba p´allá o muy de aquí no podía ser. Y es que era de otras latitudes, según me confesó el licenciado Fariñas. Los pueblos, en sus migraciones, se hacían acompañar por sus animales de compañía. Perviven los perros alanos que fueron traídos por los Alanos, que nos visitaron sobre el siglo V, junto con Suevos y Vándalos. Bueno eso al menos dicen los libros Ya estoy desbarrando con la Historia.

El caso era que cuando la alienación del curre me estaba a vencer salía, a punto de reventarme la cabeza, de la oficina, donde el teléfono no cesaba de sonar. Le daba a todo por culo e iba a acariciar al Lucas, que respiraba optimismo. Y me sosegaba.

Esto sólo quiere dejar constancia de que nos unieron sentimientos. Nada más. Somos animales a punto de ser engullidos por la melancolía.

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