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24 Junio 2010

Don Amable Veiga siente disentir ... pero....

Don Amable Veiga era en mis tiempos director del entonces Instituto Masculino. Lo recuerdo siempre tocado de estivo sombrero. Además de Director era profesor-catedrático de Latín, cosa que sabiéndola, extraña que no le rindan sentido homenaje con motivo de Arde Lucus. Lo recuerdo con paso ágil supervisando la puntualidad con que empezaban las clases. Ostentaba autorictas, y eso se notaba. Era severo, o mejor estricto, en cuanto a la observancia a la norma.

Yo nunca tuve latín clásico, pero tengo recuerdos de dos latinistas eminentes, el citado Amable Veiga y el añorado Manuel Cecilio Díaz y Díaz el cual, pese a ser en las distancias cortas era una fruta de dulce néctar, cuando lo veía circular por la Facultad en primero, me infundía con su porte mayestático  el famoso timor dómine. De aquellas yo no podía saber que su manera de andar guardaba íntima relación con  sus grandes problemas de visión. Pero tampoco tenía ni idea de que , en 5º orientaría mi poco seso por el territorio de la utopia, de la conjetura, de la duda, dándome algunas coordenadas sobre qué era eso que se conoce como Latín Medieval.

Sólo buscaba un memento como el que solicita Magius, el iluminista, para su recuerdo. No puedes negar que ambos poseían hermosos nombres. Te pido que te acuerdes de ellos, como se podía leer en Roma, mismamente paseando por la Vía de Apio Claudio, el ciego: "tu qui pasas dicas: sit tibi terra levis"

Ambos con sendas frases resumían tiempos pretéritos, y en eso se notaba que sabían:

Amable Veiga, como siempre me comentó mi amigo Eduardo, gustaba interrogar a sus pupilos si sabían la razón por la cual el soldado romano gritaba al entrar en batalla. Tras unos segundos de suspense se contestaba a sí mismo: "para escorrentar o medo". 

En privada conversación, Manuel Cecilio nos preguntó, a mi amiga Carmen de Mugardos y a mí, por la influencia que pensábamos ejercía entre los parroquianos que  se reunían  en el siglo VIII en San Pedro de la Nave la iconografía que decoraba el templo. Tras dejarnos largar la explanatio correspondiente, sonriéndonos dijo: "ninguna, al hombre del medievo sólo le importaba una cosa: comer mañana".

De aquellas no la conocía, pero hoy reconozco, tras estas dramáticas palabras, la voz de la musa Clío que también me implora que no hagamos de la memoria de los ascendientes una cuestión carnavalesca, meramente carnavalesca. Que digamos: es lícito exclamar ¡Por Tutatis!, pero sabiendo quién era Tutatis o Teutates.

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